martes, 31 de enero de 2017

Salmón. Capítulo uno: Vivir para contarlo.

"No temo a la muerte, no temo a la vida
No temo a la ruina, no temo al dolor
Para eso siempre llevo aspirina"

Eskorbuto

Repentinamente despertó Joseph, sudando en su habitación; -qué digo habitación- un catre dentro de un cuarto de dos por tres metros. Era una habitación dentro de un edificio del sector de la letra en Bogotá, lugar oscuro, sucio, de paso y a veces un paso definitivo, como un último paso. Se podía aún percibir el olor del pasado de aquellos ladrillos raspados por balas y balazos, pipazos y desechos humanos del abandono, seres humanos desechables y desechados. Una habitación negra, con visos de lo que antes pudo ser un color salmón o algún rosado intenso, no se sabe con certeza. Era un lugar en donde la historia de masacres se contaba por sí sola, sin tener que preguntar el tiempo, era el ahora; pero no es relevante y casi ni recuerdo la razón ni el cómo Joseph se había hospedado en semejante lugar. Un lugar deprimente, en donde se sentía la depresión día a día más allá de lo que en realidad sucedía por esos lares, era deprimente y eso es lo que interesaba, Joseph se sentía conforme, porque era el reflejo de lo que sentía en ese momento, era la representación material de los sentimientos. Recuerdo que él siempre me decía que no importaba, total, morimos cada segundo. Yo callaba, sólo sabía que ya ni siquiera la esperanza entraba por su ventana, mucho menos el sol o el olor metálico de la calle. Eso sí, entraban gritos, sollozos, gemidos de dolor, de angustia y desesperanza.

Allí, en el lugar donde habitaba desde hacía ya dos meses, era el único sitio que encontró donde pudiese reposar por unos días, mientras tomaba rumbo hacia el mar, ya que él no conocía otro rumbo que el naufragio, su vida le sabía a mierda y constantemente se reprochaba el momento en el cual su vida dejó de ser, de tener sentido, a causa de una traición de 86 días que duró su estadía en Argentina, donde conoció a Juana María quién terminaría corrompiendo su apacible corazón.

Tanto era el rencor contra sí, que siempre despertaba abruptamente, a causa de las pesadillas con Matilda (así llamaba a Juana María) hasta en ese punto lograba incomodarlo. Siempre que despertaba era un sudor frío, una sensación permanente, aquella, era la sensación de vivir, la que era cada vez más rara, más ajena y cada vez más amarga; tragó saliva y se limpió las lagañas, -babas de mierda-, mencionó exasperado por no tener autocontrol, al darse cuenta que todo el rostro estaba costrificado como una capa de saliva. -Todos los días es lo mismo, y no puedo perderme en el mar, sin contacto con la gente, a la que odio tanto, tal vez por eso me quedó aquí en este roto-... sonó su celular mientras se reprochaba a sí mismo.<<

- ¿Alo?
- Buenos días Joseph, perdón por la hora de la llamada, fue una decisión de última hora, le hablamos de la Universidad Nacional, hemos analizado su caso, nos sentimos honrados de que haga parte de nuestra Alma Mater.
- No entiendo de qué me habla, ¿quién es usted?
- ¡Oh sí!, lo siento de nuevo, mi nombre es Laura, me siento muy emocionada de extender este tipo de noticias, soy la encargada de la facultad de artes, donde usted fue admitido. Bienvenido, lo único es que tiene que venir a firmar un compromiso de estudio... y bueno papeleos que ahora son lo de menos.
- Disculpe, sigo sin entender, yo no tengo nada que ver con alguna universidad.
- Mmmmm, ¿es usted Joseph Raul Reyes Jiménez?
- Sí, en efecto, pero no entiendo por qué me están llamando de una Universidad.
- Bien, esto es un tanto extraño, sin embargo, un momento reviso en mi base de dat.... sí, claro... mmmmm... De acuerdo, su inscripción al programa del gobierno, que otorga becas a personas que han vivido la guerra, se dio el día 28 hace tres meses ya, fue una señora quien la realizó, Juana Torres.
- Entiendo, ¿qué tengo que hacer?
- Debe venir a la facultad de Artes a firmar su matrícula y un compromiso, lo antes posible, si puede ahora mismo, yo aquí le explicaré la dinámica de la beca y las obligaciones.
- En una hora estoy allá, gracias. Hasta luego.
- No, llega a las nueve de la mañana.
- Entonces a las nueve será.

Quieto en el borde del catre, sin recuperar el aliento por esa extraña llamada, sintió la amargura invadir su cuerpo de nuevo. Ya habían pasado 2 meses de la partida de Rosario, donde conoció a Juana, y su recuerdo se empeñaba en recordarle lo miserable que fue su vida allá en Argentina. "Cómo te odio Juana, te odio hasta la muerte, te odio por amarte, te odio por no tenerte, te odio por no dejar que te mostrase un mundo maravilloso ante tus ojos, pero por el motivo por el que más te odio, es porque me hiciste conocer un Joseph de miseria, un ser oscuro, sacaste lo peor de mí..." Mientras pensaba esto el ruido de la calle lo sacó de su ensimismamiento, lo devolvió a esas paredes oscuras y oscurecidas por el hollín de la ciudad y la negrura de la miseria. Eran 4 balazos que tocaban a su puerta, lo estremecieron, impactaron en su ventana, anunciando la hora de salir.

Al llegar a la UN en Bogotá, se encontró con una realidad del otro lado, era un mundo lleno de luz, un mundo en donde la multiplicidad de los sujetos, la muchedumbre de rostros, ánimos, pensamientos, actitudes, facciones… era extremadamente incierto para él. Joseph no sabía cómo llegar a la facultad, sin embargo, sintió un aire conocido para él en un momento repentino, era el sonido de la guerra; eran tiempos difíciles, en dónde la disputa por el campus universitario, entre el aparato estatal y los estudiantes era el pan de cada día. Joseph no sabía por quién tomar partido, no sabía por qué motivo se desarrollaba una guerra a plena luz del día en toda la mitad de la calle. Sin embargo, no se distrajo, siguió su camino con la convicción que sentía que el mundo le había dado una luz por la cual buscar un final feliz, y no uno inesperado como lo había querido desde hacía ya unos meses.

- Buenos días, ¿Laura?
- Sí, Hola, ¿eres Joseph?... Siéntate, en un momento te atiendo...
- Ok, listo... ¿qué pasa allá afuera? -Preguntó mientras se sentaba en la silla del escritorio frente a ella-
- ¿Afuera? ...ahhmmm...
-suena una voz extraña dentro de la oficina, que los interrumpe- Quiere decir el tropel.
- Aaaahhh, El tropel es algo muy representativo aquí en la UN, por esta época lo vivimos casi a diario, y estaba por llamarte de hecho, porque comúnmente hay orden de desalojo y se cancelan todas las labores administrativas, pero bueno, a lo que vinimos.
- No, espera, me interesa, cuéntame más sobre eso Laura, por favor.
- Vale, nunca había notado tanto interés por lo que sucede allá afuera por parte de una persona ajena. Es simple, los estudiantes se encapuchan, aunque algunos de los que están allá, me imagino yo, serán exalumnos y gente que viene de las guerrillas a quienes reivindican...
-La interrumpió con extrañeza- Un momento Laura, ¿me dices que esas personas son infiltradas por la guerrilla?
- No precisamente, pero sí muy permeadas de sus ideales... pero bueno, lo que te quería decir es que éstos luchan por la educación de calidad y gratuita. Aunque no comparto esos medios violentos, yo pienso que permiten que la llama del pensamiento crítico permanezca viva, yo pienso que sin ellos no existirá un modo en que los estudiantes se muevan políticamente, ya sea a favor o en contra, -suspiró- en fin, eso es lo lindo de la democracia en que vivimos, sarcásticamente dijo.

La cara de extrañeza por estos episodios y por toda la nueva información que había acabado de recibir no podía evitarla, tanto así que quedó pasmado, entumecido, petrificado y la expresión del rostro era tan fuerte y tan marcada que preocupó a las personas de la oficina. Joseph sentía pánico de lo que sucedía, venía a su cabeza el dolor de la guerra, la sangre, las balas, y pensaba que era sólo un juego de guerra lo que pasaba...

- ¿Estás bien Joseph? -Laura interrumpió sus pensamientos-.
- Sí, es solamente que nunca hubiese pensado que esto ocurriese en la ciudad, a pesar de la delincuencia y demás situaciones que he visto en Bogotá, me causa mucha intriga.
- Está bien Joseph, ¿trajiste los papeles que te pedí? Firma estos documentos... regálame una huella aquí y aquí... esta copia es para ti y esta queda acá... y Listo, esto era todo, bienvenido oficialmente a la carrera de Artes plásticas.
- Gracias. 

Joseph se levantó de la silla, guardó sus papeles en el bolsillo interior izquierdo de la cazadora que llevaba puesta ese día, cerró su chaqueta y se dirigió a la salida sin mediar palabra, sin preguntas, sin un cálido acercamiento, sólo quería huir de la formalidad, su mente hace mucho había escapado de ese lugar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario